sábado, 7 de abril de 2012

HB: CONTROL DE DAÑOS.

Holocausto Blondi nació como una idea sencilla que desarrollar divirtiéndome, un proceso de autoaprendizaje a la escritura. Y he aprendido mucho de escribir sus capítulos.
Ahora se lo suficiente como para saber que -en estos momentos- Holocausto Blondi es una batalla perdida.
¿Las razones?
1-Mis personajes han muerto, y no me refiero a los personajes que realmente han muerto, sino a el "alma" que define a Todos los personajes. En este momento son una colección de cromos pasando de ser pegados de una página a otra, tan planos como dichas pegatinas.
2-También se ha perdido el hilo de la história, yo lo tengo claro, pero esa claridad no está presente en las páginas del libro.
3-Pensaba escribir el libro por instinto, escribir y escribir, y luego al acabar añadir diálogos, escenas. Ahora se, gracias a este libro y a otros relatos que he escrito para concursos, que eso es imposible. Si contruyo un edificio de nueve plantas y luego le añado cinco más estaré haciendo un trabajo titánico cuyo único resultado será que el edificio se desplome.

Así que toca replegarse, contar las bajas, ver los daños de la estructura y pensar en nuevas estratégias. Sí, he perdido esta batalla, pero no la guerra. Una amiga me preguntó si pensaba publicar (online o pagando o intentando enviarla a editoriales) esta novela y con toda la inocencia del mundo le dije que sí.
Ahora se que las primeras novelas no se publican, que se escriben para uno mismo, algo que creo que había olvidado en los últimos capítulos. Creo que estos están mejor escritos que los primeros, pero no tienen la frescura de aquellos. Es momento de encontrar el termino medio entre frescura y narración, entre el libre albedrío de mis personajes y la coherencia de sus actos.

Es hora de trabajar solo, para mí. Holocausto Blondi verá la luz en este blog ¿dentro de un año?¿dos?¿cinco? No lo se, hay más proyectos, más relatos, pero estos primeros personajes en su conjunto coral son como una especie de primer amor cuya historia merece ser terminada, al mismo tiempo que también merece ser premiado cada minuto que hayais invertido leyendo esta estrafalaria história.
Gracias por todos vuestros consejos, críticas y, como he dicho, tiempo. Cualquier duda u opinión que querais hacer llegar podeis dejarla en este mismo post o en: vixvapurusArrobAgmailPuntOcom.
Nos leemos en el primer capítulo!!

miércoles, 4 de enero de 2012

CAPÍTULO 30

Antes de iniciar el capítulo de hoy, pongo un poco sobre terreno a los posibles lectores. Para ello héchenle un vistazo a los siguientes vídeos, si los ven enteros y a pantalla completa pues mejor, sino, simplemente con escuchar un momentito servirá. Muchas gracias por la colaboración
 Sound of Silence.

I want Candy
Y ahora sí, vamos con el capítulo ;)

HISTORIA DE LOS OTROS.
Al tenía nervios de hierro y pulso de cirujano, una cabeza soberbia regida por un coeficiente intelectual vasto e inalcanzable. Y aún así, al encontrar los dos ordenadores portátiles de los soldados en aquella salita improvisada en el interior del trailer su plan se vino abajo: No había manera de contactar con el otro grupo.
Las líneas móviles habían caído, puede que por saturación en el momento del holocausto blondi o puede que por obra y gracia de la devastación rubia... fuera como fuera aquellos dos portátiles eran la clave de todo, pero el destino no les había dejado ni siquiera formar los equipos y mucho menos aclarar los objetivos.
Al había pasado las primeras horas de espera aprovechando el acceso total a los secretos de estado vía conexión presidencial. Muchas cosas interesantes entre ellas una propuesta del presidente de proponer a nivel mundial el unificar la lengua de señas y enseñarla en todas las escuelas en detrimento del inglés, idioma que escogería quién quisiera especializarse en dicha lengua. Estudiando todos una misma lengua de signos cualquier persona con estudios primarios podría entenderse con otros en cualquier parte del mundo y agilizar así el aprendizaje de cualquier lengua en cualquier país ajeno. A Al le maravilló la propuesta a la vez que le hizo preguntarse hasta que punto el presidente era tan inútil como parecía, si todo era alguna especie de papel o si con el tiempo, tras tanto usarlo de marioneta, se había vuelto así tras algún proceso mental subconsciente de defensa. Si te tratan siempre como a un niño, puede que acabes comportándote como tal.
Entre planes de defensa y información reservada accedió también al sistema carcelario y buscó la cárcel donde estaba cumpliendo condena el piloto que les sacaría de allí, por si lo hubieran trasladado. Todo seguía igual.
Luego horas y horas de espera en aquel rincón oscuro, iluminada Al solo por las pantallas de aquellos portátiles observaba su gastada gorra de los Rockets mientras sus nervios iban mermando. Sabía el tiempo que tenía y el plan a seguir en caso de no saber nada de ellos. Cerró el primer portátil y tras escuchar su -clic- la escasa iluminación de aquella sala se vio aún más mermada, reduciéndose a sutiles e inconexos contornos de luz en una severa oscuridad. Al tomó la pantalla del segundo portátil, al bajarla sellaría el destino de sus compañeros, pero el no hacerlo, el esperar más, los condenaría a todos. Así que la cerró hasta oir un “pip”... su mano temblorosa se detuvo: Ese no era el sonido de cierre del portátil.
Bajo sus dedos, una fina linea de luz iluminaba su pecho y su nombre bordado:AL. Más fina incluso que la rendija iluminada que se cuela por debajo de una puerta cerrada, aquella luz era el único vestigio de vida de sus compañeros así que Al abrió rápidamente el portátil. En la mitad de la pantalla había un sobre en el que estaba escrito en letras finas, como escritas en pluma y tinta por un notario de alta clase: “Mensaje entrante”. Ella pulsó rápidamente sobre el sobre y de este salió media hoja blanca, que se desdobló desvelando su contenido. Al se estremeció al leerlo.
“Solo quedo yo, ¿Que tengo que hacer?”

            En la lejanía una franja roja empezaba a apoderarse de manera lenta pero irreversible de la noche. Pintando con su batalla la lejanía de una imposible gama de rojos y azules y sangrando de helado rocío el vasto mundo. Esto acompañado por una música que empezó a sonar en los altavoces de toda la urbanización que parecía presagiar los destinos de aquellos desconocidos que se acababan de internar por sus desoladas y malditas calles. Sembradas estas de casas aún demasiado nuevas para estar abandonadas y silenciosas. Apenas algunas luces en algunos porches osaban combatir la oscuridad que se batía en retirada, y estas eran profanadas por siluetas femeninas que reían desde las ventanas y se se unían a la persecución.
Hola oscuridad mi vieja amiga, he venido nuevamente a hablar contigo
Porque una visión deslizándose suavemente, dejó sus semillas mientras yo dormía
Y la visión que fue plantada en mi cerebro, aún continúa.
Dentro del sonido del silencio.
Los aspersores de los jardines se activaron, diligentes y hechizados, iniciando la madrugada. El agua rociaba plantas, flores y coches estrellados en los jardines, cruzados con las pequeñas y graciosas verjas de madera que adornaban las cuadriculadas e idénticas calles. Estas pequeñas fuentes iniciaban una rutina que ya no existía, salvo para ellas, formando charcos que reflejaban un cielo oscuro que se había olvidado del hombre. Uno de estos charcos fue pisoteado repetidamente por cuatro siluetas.
Estos cuatro habían visto caer a la chica pelirroja y al juez en apenas segundos, sepultados por aquella avalancha rubia. Como moscas tragadas por una oleada de hormigas, ya no estaban y para el mundo era como si nunca hubiesen estado, porque el mundo ya no era nuestro, sino suyo. La evolución había tomado el camino más salvaje y nosotros, el hombre y la mujer, eramos ya una especie antigua y obsoleta. Un modelo desfasado que se resiste a desaparecer, teniéndonos por lo verdadero, por lo normal. Lástima que lo normal no lo marca la razón, sino las mayorías... y la que poseía el estúpido ejército que se lanzaba ahora sobre el río hasta taparlo con sus cuerpos y cruzar sobre sus propias compañeras era aplastante. No tenían miedo, ni piedad, solo sabían reír.
Se reían de nosotros.
En inquietos sueños yo caminaba solo, por angostas calles de guijarros
Bajo el halo de un farol, me levanté el cuello por el frío y la humedad
Cuando mis ojos fueron acuchillados por el destello de una luz de neón
Que agrietó la noche
Y tocó el sonido del silencio.
En las calles había pequeñas bicicletas infantiles esparcidas por el suelo, cerca de una de ellas una nube de periódicos bailaban al son del suave viento de la mañana como enormes insectos de papel que se perseguían unos a otros -libres- por las calles. De los vehículos incrustados como enormes dardos en las fachadas de las casas, uno resonaba feliz y iluminado: El camión de los helados con sus luces de neón aún resplandecientes y su helado derretido descolgándose por las puertas abiertas.
Las dos mulatas tiraban de los brazos de su obeso rey al que arrastraban sin sentido sobre su barriga, con sus piesecitos ondulando tras el a apenas unos metros de aquella plaga de zorras que ya se había llevado a tres de ellos. El soldado miro hacia atrás sin detener su carrera, ninguno de aquellos tres iban a conseguirlo. Morirían y el no sabría ni sus nombres, como nadie había sabido el de su amado. Muertes anónimas en un mundo que seguiría girando -igual de bello- aunque ellos no estuviesen. El soldado se detuvo y miró a aquellas chicas -Dejadlo- les ordenó, ellas no entendieron sus idioma pero si entendieron su intención y negaron con la cabeza. -Maldita sea- el soldado retrocedió hasta su posición y levantó de los pies al rey.
Morirían todos o ninguno.

            Aquel técnico de sonido de larga melena rubia y enormes y descomunales pechos observaba aquella maldita máquina con su música aburrida, sin saber que hacer para remediar aquella calamidad. La miraba con el ceño fruncido y empezó a hacer rabietas y aspavientos de rabia, hasta que con uno de ellos golpeó la máquina.
Y en la desnuda luz yo vi, a diez mil personas, o tal vez más
tttzzpppprrrqqqqq
I Know a girl who's tough but sweet
She's no fine, she can't be beat
She´s got everything that i desire
Sets the summer sons on fire
I want Candy!!
I Want Candy!!
Las rubias corrían como a cámara lenta, saltando y festejando, eran la felicidad en persona. Los aspersores las recibían con agua que empapaba sus ropas y sus melenas que revoloteaban salvajemente empapándose aún más entre ellas. Lloviendo sobre mojado, la feliz muerte rubia saltaba sobre las destrozadas verjas de los jardines retozándose por el barro donde los enanitos de porcelana las observaban con ojos desorbitados mientras aquellas lobas disfrutaban de la fiesta desmesurada que para ellas representaba su mera existencia.
Algunas de ellas se subían a las farolas, donde se ponían a bailar y a desnudarse como si fueran barras de streaptease provocando con sus cuerpos mojados cortocircuitos y no pocos incendios. Allá por donde pasaban todo lo destruían, como un ejercito de Atilas en estado de gracia demoledora.
I want Candy!!
I want Candy!!
Go to see her when the sun goes down
Ain't no finer girl in town
You're my girl, what the doctor ordered
So sweet, you make my mouth water.
Ooooooooohh!!!
I want Candy!!
I want Candy!!
La Blondi ex técnico de sonido saltaba y bailaba feliz su canción hasta que le propinó un enorme tetazo a la desdichada gramola.
I want Candy!!
I want Candy!!
tttzzpppprrrqqqqq
Gente conversando sin hablar,Gente oyendo sin escuchar,
Gente escribiendo canciones que nunca comparten las voces
Y nadie se atrevía, a romper,
el sonido del silencio.
El fuego le quemaba la cabeza cuando abrió los ojos y vio el cielo gris y de piedra, tan cerca de su cabeza que se la rozaba arrancándole jirones de piel. Observó la tierra y esta era una enorme montaña que rápidamente relacionó con su propia barriga. Más allá de esta vio una legión de blondis sembrando la destrucción que les seguían aún los pasos.
Irguió la cabeza hacia adelante. Vio pequeñas calles de lo que debía haber sido una apacible urbanización con ondeantes banderas que les saludaban desde lo alto de las casas. Desde multitud de direcciones hileras de humo se les ofrecían como fuegos fatuos. Escenas de caos se codeaban con lo que bien podrían haber sido apacibles madrugadas de domingo. El rojizo amanecer se fundía con la luz de los incendios, y ambas se apresuraban en matar la noche, que ya no podía considerarse tal.
Los despertadores empezaron a sonar desde las casas, una sinfín de sonidos, canciones y pitidos que juntos componían la sinfonía del fin. Como pequeños cachorros llamaban a sus dueños para que despertaran de su letargo, sus pequeños engranajes no entendían que estaban solos, aullando a la nada, llamando a sombras que ya no existían. Todo se había venido abajo pero nadie les había avisado, así que ellos no sabían que debían callar. Y morirían de soledad, llamarían a sus dueños hasta que sus pequeños y alcalinos corazones de metal quedaran secos. Darían todo lo que tenían, como aquellas cuatro figuras que acababan de girar una esquina para encontrar un autobús en llamas cruzado en la calle. Habían encontrado el fin de su camino, y allí pelearían hasta la muerte
Y la gente se inclinó y rezó, al Dios de Neón que había construido.
Y el letrero de Neón dio su aviso,con la palabras que estaba formado
Y el letrero decía:
I want Candy!!
I want Candy!!
La legión de cabellos dorados danzaba enloquecida con su propio caos inundando las calles, como si fuera una escena de un musical ideado por un demente. Ante aquella orgía de destrucción y alegría las rubias eran recibidas por algarabía y regocijo por sus congéneres rubias que se unían a la fiesta saltando desde los balcones o atravesando ventanas. Si su vida de por sí era una fiesta, aún más felices estaban viendo a aquellas cuatro suculentas víctimas que, si se pusieran a dividir las pocas víctimas entre las muchas cazadoras verían que a no más de un pixel por cabeza les tocaba. Pero eso poco les importaba, el mundo visto desde sus azulados ojos era bello y cada paso una nueva aventura.
I want Blondi!!
I want Blondi!!
Ellas son la vecina del quinto, el abogado cincuentón, el viejo abad y el jovenzuelo que repartía los periódicos.
Ellas son el bebe de la vecina del quinto, la secretaria del abogado cincuentón, el monaguillo del viejo abad y la jefa del repartidor del periódicos.
Visten trajes y vestidos que les son ajenos, demasiado grandes o demasiado pequeños. Legados por sus víctimas que pocas veces comparten sus medidas, su altura o su sexo. Y muchas menos las tres cosas.
Blondi on the beach, there’s nothing better
But I like blondi when its trapped in a sweater
Someday soon, I´ll make you win
Then I’ll have blondi all the time.
Ooooohhhh!!
I want Blondi!!
I want Blondi!!
Ellas se lanzaban de cabeza a través de las lunas de cristal de algunas casas, como si las creyesen piscinas. Se subían a los coches intentando ponerlos en marcha, sin conseguirlo casi nunca, salvo que el vehículo estuviese bien cargado de combustible y apuntara hacia algo fácilmente inflamable o altamente explosivo. Si algo podían hacer de mal, sin duda lo harían. Baal y Murphy estaban de su lado.
Así que de esta guisa sucedían explosiones a su paso, en una de estas apareció una blondi volando sentada sobre uno de los pequeños buzones amarillos que hacían de boca de agua en las calles. Como no, fue a estrellarse contra una caseta eléctrica que estalló en millones de chispas dejando a oscuras la urbanización.
Delante de ellas vieron que sus cuatro caramelos con patas giraban por un cruce.
I want Blondi!!
I want Blondi!!
tttzzpppprrrqqqqq
Estaban ya todos preparados para la muerte. Las dos gemelas con sus machetes, King Sudáfrica y el soldado con las manos desnudas -Me llamo Tom- dijo el soldado sin dejar de mirar el cruce por el que iba a llegarles la muerte. -Yo soy King Sudáfrica- respondió él mismo, como si hubiese manera de que alguien no supiese quien era -Y ellas son Baby & Lonia, las hermanas Vudú-. Los cuatro se miraron por un instante, sudados, tan cansados que su corazón hablaba por ellos. Y entonces llegaron ellas.
Y pasaron de largo.
Las palabras del profeta están escritas en los subterráneos
Y en los zaguanes de las viviendas.
Y susurradas
en el sonido del silencio.
Los cuatro se quedaron de piedra, sin saber que había ocurrido, -Meteos en la primera casa que encontréis- les dijo apresuradamente el soldado mientras corría hacia la esquina por la que acababan de pasar las blondis para saber que había ocurrido.
Y allí estaban todas, reunidas frente a un enorme edificio de cristal, gritando histéricas y riendo bajo el enorme letrero verde que rezaba: REBAJAS.

jueves, 15 de diciembre de 2011

CAPÍTULO 29.

EL PUENTE.
León conducía sin quitar ojo de la carretera y del GPS que Al había programado. Necesitaba aquello. Conducir, echar millas. Porque o dejaba de pensar en Li o se volvería loco.
León nunca se había sentido completo en nada. Era hispano y apellidándose García jamás sería visto como un americano. Había llegado a policía gracias a las influencias de su tío –el juez- por lo que ni él mismo se veía como tal, como si no se hubiera dejado la pistola y la radio en el camión al ir a aquella gasolinera. Solo con Li había sentido que podía encajar en algún lugar, ella incluso le había dado sentido a aquel fin del mundo de tercera que mermaba a la humanidad con absurda y despiadada eficiencia, porque le había permitido conocerla.
El viento siseaba entre el mural de cristales que Loco Jack estaba soldando y pegando para reparar el parabrisas. Su peluca afro y su falso bigote se ondeaban por la corriente del exterior, al igual que los rollos de papel que llevaba enrollados a lo largo de su cuerpo a forma de precaria vestimenta.
Por el retrovisor observó la estancia que se encontraba a su espalda. Allí estaba atada aquella blondi que debía haber contagiado a Li, robándole además -de alguna manera- sus facciones.
Estaba atada y vigilada por el Presidente que roncaba de manera sonora. Había hecho bien de dejar la cortina abierta para vigilarla él mismo, aunque aquella blondi tenía una mirada que le inquietaba por lo que intentaba evitarla a toda costa. Para nada era la mirada carente de inteligencia y llena de ansiosa y destructiva necesidad de sexo de aquellas zorras ninfoaniquiladoras. Aele les había dicho que pensaba estudiarla más adelante, significara lo que significara eso.
La carretera discurría entre eternos bosques de altos y viejos árboles que les saludaban al pasar moviendo sus ramas. Cada equis tiempo le tocaba cambiar la ruta si la carretera que transitaba se llenaba de vehículos abandonados, el GPS recalculaba la línea a seguir y se la indicaba. León deseaba que todo fuese así de sencillo, que tras perder a alguien simplemente tu corazón recalculara tu destino, como una radio que automáticamente busca una cadena tras desintonizarse.
-Era bonita- Dijo una voz y León se asustó al desensimismarse de sus propios pensamientos.
-Tu chica verde- siguió Loco Jack –Era bonita, y valiente-
-Gracias…- acertó a contestar León, sin demasiadas ganas de hablar de aquello con aquel loco.
-Mi querida Afrodita también murió. La sacrificaron como ofrenda a un ser abismal de infinitos tentáculos.-
-Lo siento- dijo de corazón León, sin entender una palabra pero comprendiendo el significado real de aquel desvarío.-¿Sucedió hace mucho?-
Loco Jack lo miró a través de aquellas enormes gafas de sol. –Hace demasiado lejos,a años luz, pero te aseguro que volveré a la tierra algún día. Y ese día será el último que vean los ojos de su asesino.-
Unos sonoros lloros inundaron la cabina. El presidente lloraba a moco tendido, sonándose los mocos en la corbata –A mi mujer se la trago una ventanilla- respiró aire, o mocos, o algo –era sonyer pero yo…la quería- dijo hipeando.
Como si fuera el efecto dominó de un parvulario los tres empezaron a llorar pensando en las mujeres que habían perdido.
-Lo si..ento-
Dijo la Blondi mirando fijamente a los ojos a León a través del retrovisor y el camión de Al a punto estuvo de salirse de la carretera.

El Juez, su grupo y los tres caídos del cielo se habían internado en el bosque y corrían sin descanso, esquivando árboles, saltando raíces. Tras ellos, tropezando con todas las raíces, chocando con todos los árboles, cientos de blondis. El suelo tenía un marcado desnivel de manera que unas se arrollaban a otras en su caída. Todo era fiesta.
Si la tierra ha visto persecución más patética que esta, se levante y lo diga. Unos –por cansados-y otras –por lerdas- no debían de ir a más velocidad que con la que una rana cruzaría un charco.
El par de mulatas ayudaban como podían a su King que por su opulencia no podía con su alma, Sanne apenas podía respirar pues no estaba acostumbrada al deporte. El mejor adiestrado era el soldado, pero este andaba perdido, sin rumbo, con su mente pensando en aquel que acababa de perder. Solo el juez –que daba gracias a sus largas marchas matutinas- guardaba la compostura y las fuerzas, guiando a los demás en tan desesperada y extremadamente lenta fuga.
Tras de sí escuchaban el reir y los batacazos de aquellas hienas, ilusionadas con aquella excursión por el campo cuyo premio era frotarse y follarse con aquellas sus víctimas que tan cerca les iban.
Algo pasó muy cerca de los arboles, levantando viento sobre la comisión de perseguidos y persiguientes y una fuerte luz les iluminó durante unos segundos antes de desaparecer junto al fuerte ruido de rotores y hélices que les permitió escuchar otro más peligroso. Más risas desde delante.
-Mierda- exclamó el juez al ver otra legión de furzias vestidas con todo tipo de ropas y tallas que a poco más de diez metros les venía a cortar el paso.
-Boooooooooombaaaaa!!!- cantó gritando King Sudáfrica que se lanzo haciéndose un ovillo hacia delante como si quisiese lanzarse a una piscina. De esta manera, el que bien podría haber sido el doble de la piedra que casi aplastó a Indiana Jones rodó colina abajo aplastando blondis y creando un camino entre la turba rubia. Todos tuvieron que apretar el paso para no quedarse rezagados y cruzar entre el mar de blondis antes de que se cerrara.
No menos de cien blondis, treinta arboles y cinco ardillas murieron aplastados en tan grotesca y desesperada acción tras la cual el grupo del juez atravesó el de blondis. Más las supervivientes que les venían a encontrar se unieron a las que ya los buscaban, prosiguiendo la persecución a la velocidad original pero con más blondis persiguiéndolos.
Ahora las mulatas llevaban rodando a King Sudáfrica, pues había detenido su valiente descenso chocando su cara contra una verja metálica. Era esta bajita pero no podían saltarla, porque llevaba a un rio de caudalosas aguas que a la vez, hacía de separación entre el bosque y una oscura urbanización que tenían delante de los mismos ojos. El ancho de aquel río no debía llegar a los dos metros, aunque parecía hondo y su agua de rápida y fiera. Si no fuera por las vallas metálicas podrían cruzar saltando, pero estas les impedían tomar impulso. Las risas que tan claramente escuchaban a sus espaldas les presagiaban su final sino encontraban una salida.
Aquellas zorras empezaron a surgir entre los árboles, con su frenética risa y sus enormes pechos saltando al compás de sus dorados cabellos.
-Jijijiii !!!- exclamaron ellas antes de lanzarse sobre el grupo y chocarse con una barrera de machetes y un palo de golf. Sanne y las dos gemelas se enzarzaron en brutal pelea contra aquella oleada, mientras el soldado pese a despierto parecía ido y King Sudáfrica dormía un placentero sueño. El juez intentó calmarse pese a todo aquello, debía de pensar o morirían todos.
El palo de golf de Sanne dibujaba brillantes arcos en cada uno de sus movimientos mientras que los machetes de las gemelas eran destellos cercenantes. Las tres se habían puesto en una formación en triángulo en la que peleaban desesperadamente para no ser rodeadas. A su espalda los tres hombres, solo uno de ellos consiente. El juez, cogió al soldado y empezó a abofetearlo primero, a darle puñetazos después -¡Despierta de una puta vez!!- le gritaba, hasta que lo cogió y lo arrastró hacia el rio, colocándolo medio por fuera de la valla. –O vuelves en ti o te juro que te lanzo allí abajo- dijo el juez mientras inclinaba al soldado hacia la oscuridad de aquel río, y al momento lo soltó.
El soldado llegó a flotar ingrávido apenas lo que sobra de restarle a un minuto sesenta segundos, ese fue el tiempo que tardó en reaccionar y cogerse al juez. Este lo miró con ojos severos que no acompañaron a sus palabras -Siento tu pérdida, pero o me ayudas en esto o caeremos todos-. Tras eso el juez señaló a King Sudáfrica y le hizo la señal de lanzarlo. Ambos se pusieron en marcha mientras escuchaban a las chicas gritar a cada golpe, como si aquello fuera un partido de tenis en el que llevaran jugando ocho horas y cada golpe requiriese un esfuerzo titánico. Entre el juez y el soldado pasaron a duras penas por encima de la verja a King y lo lanzaron al río, donde se quedó encallado como si fuera Papa Noel colándose por una chimenea demasiado pequeña.
-¡¡Tenemos un puente!!- gritó el Juez, que hizo cruzar al soldado el primero mientras arrancaba una gorda rama de un árbol con la que se unió a pelear con las chicas a base de garrotazo limpio. –Venga cruzad ¡¡yo os daré tiempo!!- Los cuatro fueron retrocediendo hacia donde estaba el puente Sudáfrica, pero eran demasiadas de aquellas blondis. Las mulatas cruzaron en orden de diestra y zurda, quedando así solo el juez y Sanne, ambos con sus espaldas pegadas contra la valla. Uno debía cubrir al otro en su retirada o morirían los dos, el juez lo sabía y no pensaba cargar con la muerte de aquella chica –de aquella mujer- sobre su conciencia, así que se lanzó contra aquella jauría de lobas para darle tiempo a Sanne.
Pero algo tiró de su cartuchera lanzándolo hacia detrás mientras que una melena rojiza y un perfume que nunca olvidaría pasaban ante sus ojos. La inercia del tirón lo lanzó por encima de la valla cayendo sobre su improvisado puente. Se levantó desesperadamente para ver como aquella muchedumbre de putas sedientas de sexo engullía a Sanne. El juez saltó por encima de la valla gritando, con sus pocos músculos tensados deformando sus tatuajes, sus garrotazos arrancaban cabezas y sus patadas atravesaban cuerpos. –¡Hijas de Puta devolvédmela!!- gritaba escupiendo espumarajos mientras se abría camino entre aquellas zorras. La turba de blondis empezó a cerrarse alrededor del Juez y en ese momento todo fue oscuridad para él.

jueves, 8 de diciembre de 2011

CAPÍTULO 28.

SIN PARAR.
Tras escuchar una explosión el Juez, su secretaria y los dos soldados salieron del camión para ver que ocurría. Apenas les dio tiempo a cerrar las puertas traseras antes de que estas se les lanzasen encima a una velocidad endiablada. Los soldados haciendo gala de unos reflejos y entrenamiento encomiables se lanzaron al suelo con un sincronismo perfecto, el juez a su vez se lanzó al suelo llevándose consigo a Sanne, su secretaria. Los cuatro vieron pasar los bajos del camión demasiado cerca, mención especial de la Betty Boop peliroja vestida como Leia que tuvo que aplastarse con las manos las tetas por miedo a que los ejes del camión se las llevaran consigo. Al segundo el camión había desaparecido diendo paso a una honda de fuego que –otra vez- les volvió a pasar por encima, quemando solo las vendas de las manos de Sanne.
Y así, quedaron en el suelo acostados dos soldados con sus uniformes a lo SWAT cogiditos de la mano, mientras el juez vestido aún solo con taparrabos y una pistolera sobaquera echaba mano a su Luger y Sanne con su biquini metálico movía las manos frenéticamente para apagar su pequeño incendio doméstico.
Todos ellos con la boca desencajada miraban el cielo; varios aviones desguazados y rebozados con fuego les caían encima junto con toda su carga prendida de un fuego que iluminaba a cientos de blondis que reían desquiciadas mirando como el suelo se acercaba hacia ellas. Los soldados se pusieron de pié de un ágil salto mientras que el juez y Sanne se levantaron apoyados el uno en el otro, los cuatro empezaron a correr mientras caían wáteres, maletas, trozos de avión y cajas fuertes.
Las cosas caían a su alrededor haciendo retumbar la autopista a base de brutales impactos, una descomunal ala con un enorme 86 pintado cayó delante de ellos lanzándolos de espaldas. Su carrera había terminado pues el enorme escombro ocupaba todos los carriles de autopista. Intentaron cambiar el rumbo pero un piano –marca Acme- cayó sobre uno de los soldados aplastándolo como un mosquito. Los otros quedaron en shock, rociados de tripas y sangre de su excompañero al mismo tiempo que una lluvia de blondis caía a su alrededor. Bastantes de ellas se estampaban como sellos en el asfalto de la carretera, otras caían atadas a sus asientos quedando libres cuando estos se hacían añicos por el golpe.
De esta forma, en apenas unos segundos quedaron rodeados por cientos de blondis que se acercaban a ellos cojeando y otro tanto de estas arrastrándose hacia ellos desde el suelo, minando con su presencia cualquier salida.

Al corrió la cortina de detrás los asientos y ella junto a León se internaron en el pequeño cuartito donde esta descansaba por las noches. En aquella pequeña estancia Li había estado cuidando al bebe y era lo último que habían sabido de ella antes de que apareciese blondificada, antes de perderla. Cuando la luz de las estrellas invadió el pequeño habitáculo vieron que la cama estaba vacía, en ella solo reposaba la bellísima espada de Li. Al la cogió, la sostuvo en sus manos observando sus pequeños dibujos, las filigranas de su empuñadura, la tela que la enrollaba. Era una buena espada, tal como había sido su dueña. Con pesar por el recuerdo de lo ocurrido se la entregó a León y este se colgó la funda a la espalda mientras la espada relucía con la luz de las estrellas en su mano.
-Esta es mía- le dijo apuntando con el afilada arma a la oscuridad que se cernía bajo la cama. Al asintió, cogió la litera y de un golpe seco la levantó. Allí abajo, medio escondida por la oscuridad y por las sábanas, había una clara figura femenina de la que asomaba una cabellera rúbia. León apartó las mantas y bajó la espada de un estocazo rápido, que se frenó justo en el tabique de la nariz, entre ojo y ojo. A pesar de la mala iluminación no había posibilidad de error, el rostro iluminado por el reflejo de la espada era el de Li. A pesar de que el color de su piel fuera el de Leroy, de que sus ojos fueran azules y su pelo del color del trigo, no había duda posible. León aparto la espada y cayó sobre su propio trasero, creyendo seguramente que se estaba volviendo loco, pero Al veía lo mismo. De hecho tiró de la manta y fue descubriendo aquel cuerpo que conservaba las medidas atléticas y armoniosas de la joven y no las rotundas y casi desproporcionadas curvas de las blondis.
-¿Qué…es esto?- Preguntó Al mientras apuntaba a aquel engendro con cazamamuts.

El helicóptero de doble hélice cruzaba la noche iluminando con sus focos el bosque que estaba sobrevolando.-Coronel, todavía nos siguen- Observó uno de los soldados que controlaba las enormes luces con las que barrían el terreno bajo ellos. Allí, entre los árboles, decenas de esas zorras corrían tras el helicóptero. Podían oir las risas que siempre las precedían, no eran lo suficiente inteligentes como para saber que las delataban y tampoco eran lo suficiente inteligentes como para rendirse en ninguna ocasión, bajo ningún concepto, y eso las hacía sumamente peligrosas.
El Coronel observó su carga. La carga… era difícil llamar así a los quince niños que le devolvieron la mirada. Sus edades oscilaban entre los diez y trece años y sabían lo que sucedía. Lo sabían en todos los sentidos y a todos los efectos. No por nada sus coeficientes intelectuales rozaban la escandalosa cifra de doscientos, duplicando la media del ser humano. Esos niños lo sabían porque científicos adultos, pero menos inteligentes que ellos, habían hecho sus cálculos. Cuando una persona normal se convertía en una de esas putas, se volvía rubia, de ojos azules y estúpida. Perdía prácticamente toda su inteligencia guiándose solo por el instinto. Pero ¿Qué sucedería si la persona blondificada era un puto genio como Voltaire o Isaac Newton?. Pues que por drástica que fuera la reducción de inteligencia, seguirían siendo inteligentes.
Al Coronel se le erizó la piel solo de pensar en aquella posibilidad, aquellas hijas de puta ya eran lo suficientemente duras como para tener más ventajas; soportaban ser acribilladas, atropelladas y cortadas a trozos así que solo les faltaba que supieran devolverles los disparos o que de alguna manera sus hermanas listas las coordinaran.
Los quince niños lo miraron, habían hecho cuentas. Los kilómetros recorridos, los dos infructuosos intentos de repostar, la distancia a la que estaban de cualquier ciudad. No iban a llegar y sabían que la orden del Coronel era que no debían caer en manos de esas zorras bajo ningún concepto.
El Coronel besó la cruz que colgaba de su cuello y le pidió fuerzas a Dios, aunque sabía que precisamente él sería el último en dárselas para hacer lo que tenía que hacer.

La Luger del Juez era la única arma de fuego que llevaban consigo mientras la amenaza rubia se cernía sobre ellos, pues se habían dejado todo el equipo –ordenadores incluidos- en la “salita” del camión. El soldado se sacó un cuchillo de filo negro del tobillo, seguramente de fibra de carbono mientras Sanne cogía del suelo un palo de golf metálico salido de alguna de las maletas. Los tres se pusieron en guardia, aquellas zorras se lo iban a tener que currar si querían acabar con ellos.
Empezaron a sonar los disparos, el sonido seco del palo de golf machacando cabezas y el silbido del cuchillo del soldado cortando miembros. Pero nada acababa con ellas y caían a sus pies sumándose a las demás rubias víricas que se arrastraban, en apenas unos minutos las balas se acabaron por lo que empezó la cuenta atrás en la que serían superados.
Algo sonó en el aire, como dos “clicks”, y en un momento una lluvia de balas empezó a azotar a aquellas zorras ninfómanas. Miraron hacia el cielo para ver como descendían dos mujeres que parecían sujetarse de un enorme balón de playa hinchado. Apenas se veían en la oscuridad pues eran mulatas y solo las iluminaba el destello de sus propios disparos. Cada una de ellas disparaba con la mano libre con la que no se cogía a aquel enorme balón-globo, así pues una de ellas era diestra y la otra zurda. El balón giraba sobre si mismo mientras descendía así que las ráfagas dibujaban círculos de sangre en el suelo, cada vez más pequeños a la vez que iban bajando; era toda una tarea de limpieza.
La nueva ayuda dio esperanzas y fuerzas a nuestros tres protagonistas, que empezaron a defenderse con todo lo que tenían, codazos, rodillazos, dedazos en los ojos; cualquier cosa valía en aquellos momentos desesperados.
La inesperada ayuda ya estaba más cerca de tierra, donde vieron que aquello no era ninguna enorme pelota de playa. Parecía una descomunal toga hinchada por el viento que hacía de paracaídas, mientras que aquello a lo que se sujetaban las mulatas eran dos pequeños piececitos.
-¿Es un globo?- Dijo el soldado -¿Será un zepellin?- Preguntó la secretaria -No, ¡¡Es King Sudáfrica!!!- afirmó el Juez en el mismo momento que este tomaba tierra, con sus enormes gafas oscuras y su batamanta que tenía dibujado un mapamundi casi a tamaño real en el que áfrica le caía sobre el pecho.
¡MaaaaaaaaaaaaTaaaaaaaaaaaaaaaaaarrrrrrrr!!!!- gritó King Sudáfrica mientras sus dos gogos –con enormes y naranjas pelos afro y vestidas con tops y pantalones cortos- guardaban sus Akas a la espalda y empezaban a pelear a machetazo limpio al son que cantaba su jefe –Mata-mata-mata sin parrrraaaaaaaaaaarrr…de mataaaarrrr-. La pelea se convirtió en un caos y luego en algo peor, los miembros de las blondis volaban cercenados mientras los tres recién llegados correteaban danzando y bailando entre las blondis –sin mataaaaarrrr…de parrrraaaar..mata-mata-mata…- Y así, de esta guisa, los seis se abrieron paso hasta salir de la maldita autopista y internarse en la oscuridad.

domingo, 4 de diciembre de 2011

CAPÍTULO 27.

COMO TORTUGAS EN LA PECERA.

Los más pequeños y letales trozos de asteroide golpearon como metralla el casco de la nave abriendo una fuga de aire en la misma. Los enormes y negramente negros músculos de Black Jackson se tersaron para ponerse en marcha mientras su mente –la del mejor detective que la tierra hubiera conocido- evaluaban la situación. Su preciosa capitana, ajustada en su traje intergaláctico peleaba con los mandos de la nave para que esta no perdiera el control, mientras que el presidente del Senado intentaba ordrozar el hexígnotio a través del vradinador drerivérico portátil que llevaba en las manos. Black Jackson sintió que lo había subestimado, había creído que era otro político blancucho más pero su ayuda en aquellos vitales momentos estaba siendo clave para mantener la estabilidad de la nave.
El caos fue total cuando la escotilla tras de sí se abrió y entró en la sala de mandos la chica de piel relucientemente verdosa, que se lanzó en plancha contra el cadete espacial -que creía su pareja- aunque ambos, al no estar sujetos por ningún cinturón, fueron succionados por el agujero que había abierto la metralla del asteroide.
Durante solo un instante pensó que el asunto entre la chica de la piel relucientemente verdosa y el cadete era algúna pelea de enamorados pero cuando observó que varias tuercas y placas de metal asomaban por su piel supo lo que estaba ocurriendo. Se estaba convirtiendo en una de esas ciborgs y además quería llevarse consigo al espacio infinito a aquel joven tan valiente. Algo que Black Jackson nunca permitiría, así que absorvió todo el aire que su hercúleos pulmones pudieran aguantar y se lanzó a través del agujero tras ellos.

-Así pues, a las 24:00 se hará efectiva la sentencia del juzgado internacional emitida el 29 de agosto de 2006 en que al acusado se le condenó a muerte por los crímenes de terrorismo contra la humanidad-.La pequeña sala –que se reflejaba en el cristal oscuro tras el cual presenciarían la ejecución- se quedó en silencio, los dos guardias que habían preparado y atado al preso en la silla eléctrica le ocultaron el rostro con la bolsa de tela. El color negro de la misma sería lo último que vería antes de ir a una oscuridad mucho mayor.
Ambos guardias asintieron al encargado de dar la corriente y este –un viejecito de mantenimiento- cogió con fuerza la palanca y tiró de ella hacia abajo. Aunque no pudo, estaba demasiado fuerte. Volvió a intentarlo y tampoco lo consiguió. Uno de los guardias, sonrojado como un tomate, acudió en su ayuda. Se arremangó la camisa dejando a la vista sus músculos, tomo aire, apresó con fuerza la palanca y escuchó unas risas.
El guardia y el viejo de mantenimiento se giraron hacia el reo y el guardia que respondió con rapidez –Nosotros no hemos sido jefe-. Los tres se miraron entre ellos a la vez que las risas se multiplicaban y empezaban a fundirse con un segundo ruido, como de golpes.
Todos –incluso el preso enmascarado- giraron la cabeza hacia el indiscutible origen del sonido; la mampara oscura. El guardia que había permanecido junto al preso se adelantó a pasos rápidos hasta un pequeño cuadro de interruptores de la pared donde pulsó uno de ellos.
La luz de la habitación contigua desde la que observaban la sala de la ejecución se encendió mostrando su contenido. Apretujadas contra la mampara -como tortugas en una pecera- debía de haber unas doscientas rúbias, vestían con trajes de presos y de guardia, de periodistas y de mantenimiento, algunas con trajes de abogado y otras prácticamente desnudas, todas con enormes pechos que golpeaban como arietes aquel castigado cristal.
-No os preocupéis no se que ocurre ahí pero la mampara aguantará- Dijo el viejo de mantenimiento segundos antes de que la mampara se separara de la pared por el peso y cayera dentro de la sala estallando por el golpe y cubriendo todo el suelo de trozos de cristal… y blondis. Estas se levantaron con la ropa hecha jiroles a causa de los trozos de vidrio, de manera que los guardias y el viejo tuvieron un shock de realidad, que es lo que sucede cuando estás seguro de estar despierto pero la realidad intenta convencerte de lo contrario. Hacía unos segundos estaban en una ejecución y ahora parecía que estuviesen en una película porno. En una que –algo les decía- no iba a acabar demasiado bien para ellos.
Así fue, como lobas hambrientas de sexo se lanzaron sobre los guardias y el viejo y les arrancaron la ropa antes de lanzarse sobre ellos como una marea de zorras en celo. Como había tantas y salían a tan pocos hubo tirones y desmembramientos, y desmembramientos y tirones. Aunque no sufráis, todas las blondis quedaron saciadas de alguna u otra manera.
Pero ¿que veían sus azules ojos?, había otra víctima orgiástica allí sentada, riendo se acercaron a el y lo rodearon. Cientos de cabelleras rúbias reluciendo como bombillas de neón rodeando una pequeña caperucita negra. Una de las blondis retiró la tela del rostro del preso el cual aún tenía ambos ojos cerrados con fuerza, como si con ello fuera a evitar algo. No somos quienes juzgaremos la eficacia del gesto, aunque habrá que concederle que como mínimo, le había librado de 5000 ricos vóltios.
El preso abrió uno de los ojos y vió a todas aquellas bellezas rúbias y se creyó en el cielo, abrió el otro y observó que a los dos guardias les habían salido tetas y que el viejo de mantenimiento tenía una flamante melena rúbia como bigote.

Las ruedas del camión chirriaron cuando este consiguió ponerse en marcha. Al iba a suspirar pero los acontecimientos no le dejaron. Aquel flacucho envuelto en papel del wáter saltó a la desesperada por el agujero del parabrisas tras León y Li, cogiéndolo a el del cuello de la camisa y aferrándose al camión con lo único que encontró: el volante.
Como todos habréis comprobado infinidad de veces, conducir marcha atrás un tráiler cargado mientras dos aviones -y cientos de rubias semidesnudas- te están cayendo encima no es algo sencillo –aunque con todo, se mejora con la práctica-, pero si a esto le añadimos que tres personas que se están peleando sobre tu capo cuelgan del volante la cosa empeora –si eso puede ser- mucho más.
Un trozo de ala cayó sobre el enorme rotor que intentaba engulliros, haciéndolo explotar, el camión se había puesto en marcha en el momento justo para no ser bañado por el fuego pero aún así notaron el intenso aumento de la temperatura.
Sin duda, aquel era un momento crítico para todos: -Mierda estoy apunto de quedarme sin batería¡Tengo que llegar al punto de guardado!!- Gritó Osama que recibió una patada en toda la cara regalo de Al que empezaba a hartarse de tanta tontería. Al mismo tiempo –pero por diferentes razones- Li recibía otro puntapié –también en el rostro- propiciado por Loco Jack. –Chico defiéndete o nos arrastrará con ella!¡no podremos aguantar la respiración para siempre!- le gritó a León, pero este no podía hacer nada. A pesar de que tuviera el pelo dorado y los pechos le hubiesen aumentado tres tallas aquella seguía siendo Li, la chica de la que se había enamorado. Le era imposible golpearla y a la vez, ¿que sentido tenía todo aquello? Si todos iban a acabar siendo transformado en blondis ¿Quién mejor que ella para que lo transformara?. Así que Leon cerró los ojos y la besó.
O eso creyó el, pues lo que había frente a él era el sobaco de Loco Jack, que haciendo gala de una fuerza inhumana había levantado a ambos dejando a Leon al alcance del Presidente. Este –con el ojo hinchado- le sujetó fuerte, aunque Loco Jack sabía que no tenía suficiente fuerza suficiente para subir al chico y a la ciborg. Así que había que deshacerse Ya de ella.
Un inmenso trozo de fuselaje no los aplastó por la pericia de Aele al volante, pero era imposible que la suerte les durara demasiado y segundos después un enorme trozo de motor cayó justo en el trayecto del camión. Al volvió a esquivarlo, pero el movimiento tan rápido de volante hizo que Loco Jack se soltará del mismo, a la vez que el propio camión, al ir marcha atrás con el tráiler por delante de la cabina hizo un amago de cerrarse en tijera que Al –demostrando su maestría- volvió a evitar.
Pero el movimiento había tenido su coste, Loco Jack, que se había soltado del volante momentos antes, ya no estaba sobre el capó. León lo había visto resbalarse del capó y desaparecer en la oscuridad de la carretera… por intentar ayudarlo.
La primera patada al rostro de Li fue, prácticamente una caricia. No así la segunda, mucho menos la tercera. A cada patada su rábia se acrecentaba, aquella zorra que estaba cogido a el no era Li, ya no. Si se hubiera dado cuenta antes… La blondi –que aún conservaba los rostros asiáticos de Li- intentaba bajarle los pantalones, arrancarle la roba, morderle, besarle. Era como una ninfómana desquiciada en una especie de crisis de ansiedad sexual.
Las patadas no le dolían, no podía quitársela de encima y el Presidente se estaba poniendo blanco así que Al decidió que aquello ya había durado suficiente. Bloqueó el volante con el hierro antirrobo y cogió a León del otro brazo. De un tirón lo aupó dentro de la cabina quedando entonces Li prácticamente dentro, Al –sentada aún- le lanzó una patada a la barbilla que la levanto tres palmos. Lo justo para cortarle el cuello con el cristal restante del parabrisas.
El cuerpo de la Li blondi se deslizó hasta caer por un lateral, mientras que su cabeza cayó dentro de la cabina, en el regazo del joven policía. El presidente lo miró –Ser o no ser, esa es la cuestión- Le dijo, y León se puso a llorar. Al le lanzó una mirada fría a Osama mientras cogía la cabeza cortada y la lanzaba al exterior. Segundos después frenaba el camión, pues ya se creía lo suficientemente lejos del accidente. Al bajó a observar la lluvia de Blondis, metralla y trozos de avión que aún caía en la lejanía.
Se encendió un cigarro y con la luz de este vió una silueta junto a ella, se puso en guardia rápidamente pero se relajó al instante mientras una enorme sonrisa se dibujaba en su rostro.
Allí delante del camión estaba colgando Loco Jack, vivito y coleando, la infinidad de rollos de papel se habían enganchado con los hierros del guardamotor delantero. Al se puso a reir, le recordaba totalmente a uno de esos criminales que spiderman dejaba a la policía pegados con telaraña a alguna pared.
El presidente y León bajaron también, y juntos fueron a ver a los demás para organizar el viaje.

Pero estos no estaban.

Al abrió la puerta trasera para ver que no estaba el Juez, ni su secretaria ni los soldados. -¿Dónde pueden estar?- preguntó León, y la respuesta era evidente. Todos miraron hacia la parte de la autopista que habían dejado atrás. Estaba iluminada por el fuego de los restos del avión. Sabían que no había tiempo para volver atrás y que debían de confiar en que el Juez y su grupo saldrían de aquella. Era la única opción.
-Y Li…-Preguntó otra vez León-¿Cómo?...creo que en la gasolinera no la alcanzaron esas Blondis. ¿Será el bebe?-
Al cogió al chico del hombro y lo oprimió un poco contra ella para darle ánimos por su perdida.
-Eso es algo que vamos a averiguar ahora mismo-.

martes, 29 de noviembre de 2011

CAPITULO 26

LA LLUVIA.
-Estan aporreando la puerta Intercontinental 27- *TskK*-También las tengo aquí, te veo sobrevolándome vuelo 87- *Tss*Tssk*-No podemos dejar que estas putas lleguen vivas Intercontinental 27- *Tssssssssk* -Pues vamos a hacerlas bailar hasta la muerte Vuelo 87-


Al seguía allí, sentada sobre uno de los escombros. Con la culata de Cazamamuts apoyada en el suelo, sirviendo el arma de improvisado bastón sobre el que descargaba su cuerpo, parecía que estuviera haciendo guardia o guardando una hoguera imaginaria, aunque en aquel lugar que antes fuera una gasolinera, nada habia salvo ruinas y nada. Llevaba allí practicamente una hora, lo que reducía su estrecho margen para llegar a su vuelo a solo nueve horas.
Durante ese tiempo Leon había permanecido nadando dentro del enorme motor del camión ya que parecía que sabía bastante de mecánica. mientras Loco Jack permanecía en el techo del remolque con un soldador y con el cuerpo totalmente enrollado en papel del water. Decía que estaba sellando las fugas de oxígeno, por lo visto esos rollos de papel eran una especie de traje de astronauta. Nadie quiso saber más. En el interior del remolque el juez y su secretaria hacían inventario de la carga que transportaba el camión, había muchas cosas que les podían servir, la mayor parte de ellas ilegales por el hecho de no haber sido declaradas en ninguna aduana. Aún así cada caja era una nueva sorpresa, parecía que su rubia benefactora era una contrabandista en toda regla.
Ajenos a todo esto, en la cama de la cabina Li cuidaba del bebe mientras que el Presidente jugaba a su consola portatil sentado en el asiento del copiloto.
Con esa hora había llegado el anochecer, el sol parecía apunto de expirar y el gris parecía haberse adueñado del mundo. Otra hora más y la oscuridad sería completa.
Al, cabizbaja, parecía ausente, como si su mente estuviese a miles de kilometros de allí. Aún así cuando dos punteros rojos se dibujaron sobre su gorra pareció notarlos -como si estos le quemasen- y se levantó rápidamente empuñando su escopeta hacia la creciente oscuridad donde encontro una oscura sombra frente a ella. Solo una.
Porque sobretodo, esa hora había sido el tiempo máximo de margen que los dos soldados se habían permitido darle a aquella desconocida que les había salvado.
-¿Y tu novia?- Preguntó Al sin dejar de apuntar al soldado -a la vez que este le apuntaba a ella- mientras se movia lenta y lateralmente en circulos alrededor de él, buscando con la vista al otro soldado.
-Podemos hacerlo por las buenas, nos das las llaves del camión y desapareces.- Al no dijo nada, pues seguía buscando entre las sombras de los escombros a su segundo enemigo mientras se maldecía por haberse alejado tanto del camión. -No se que te pasa por la cabeza pero nos estás condenando a todos. No nos dejas otra opción así que danos las putas llaves YA.- Al se detuvo sin dejar de apuntarle. -Tengo mi propio plan para que salgamos de esta, pero vamos a tener que trabajar en equipo. También te lo pido por las buenas.- Dijo Al mientras quitaba el seguro a Cazamamuts. El viento sopló frío levantando olas de polvo, apenas visibles en aquella mortecina luz.
Varias gotas de sudor aparecieron de debajo del casco del soldado recorriendo en caida libre el poco tramo de rostro que tenía visible. -Dispara, mátala, diremos que se había convertido en una blondi.- ordenó al otro soldado que pareció dudar, pues se movió intranquilo... y este leve movimiento lo delató.
Al se había ido preparando discretamente mientras hablaban, así que en un momento dió una patada al aire -lanzando polvo y piedras al soldado con el que había estado hablando- y luego aprovechando el impulso de este golpe dio una patada aún más fuerte hacia atrás donde escucho un sonoro“crack”.
En el mismo momento que el primer soldado bajó las manos del movimiento reflejo de protegerse el rostro recibió un poderoso culetazo que se saldó con otro fuerte “crack”; ambos soldados cayeron noqueados al suelo prácticamente al mismo tiempo.
Despertaron con la nariz rota y medio mareados al cabo de unos minutos. Al estaba sentada en su misma piedra, en la misma pose, aunque desde su perspectiva -estando tumbados en el suelo- les parecía una especie de coloso. Cuando consiguieron levantarse observaron el dibujo que había ido realizando Al en el polvo del suelo con la culata. Entre un mar de formulas numéricas había un rio de algoritmos e incluso algo que parecía alguna especie de código.
-Sentaos-, les ordenó Al,-es mi camión, son mis reglas. Espero que esa nariz rota os lo recuerde. Hay demasiado poco tiempo para que recorramos todo el trayecto que comentáis. Así que vamos a duplicar ese tiempo. - Les indicó con Cazamamuts parte del dibujo del suelo-Vamos a hacer dos trayectos pero la mitad de cortos. Uno para conseguir el avión y otro para conseguir un piloto que nos lleve hasta España.- Ambos soldados se miraron entre ellos y luego habló uno de ellos. -No te sigo, ¿que tiempo vamos a ganar entonces? Si son la mitad de cortos pero hacemos dos...- El otro soldado asintió; -Creo que empiezo a entender: Quieres que nos separemos en dos grupos.- Al asintió.

El juez estaba sentado en la pequeña “salita” que habían improvisado en el interior del remolque, aún había mucho espacio ocupado por las enormes y misteriosas cajas que transportaba. La habían creado montando varios muebles que habían encontrado en algunas de las cajas; un sofá y varios sillones amartillados al suelo conformaban la estancia. En el sofá el juez cambiaba a su secretaria las vendas de sus manos con un cuidado casi enfermizo. Solo sus actos demostraban cuanto sentía lo ocurrido en el parking, porque ningún “lo siento” había salido ni saldría jamás de su boca. Su secretaria lo miraba con admiración desmedida, mordiendose los labios con los dientes, quizá por el dolor de sus manos, o quizá por el dolor de sus pensamientos. Sabía que con su diferencia de edad el juez jamás la vería como una mujer, sería como una eterna niña a sus ojos.
-Vaya haciendo manitas eh?-; Ambos se sobresaltaron al escuchar a Al y separaron sus manos como si hubiese saltado una chispa de electricidad de los dedos del uno al otro. Al sonrió para sus adentros y se sentó en el espacio libre que quedaba a la derecha de la parejita, asegurándose que al sentarse ella ambos quedaran aún más apretujados. Los soldados, que habían entrado tan silenciosamente como la misma Al se sentaron en dos sillones que quedaban enfrente del sofá. Ambos sacaron un pequeño portatil de sus mochilas y lo abrieron sobre sus regazos.
Los cinco se pusieron a hablar de rutas y posibles grupos y a copiar o memorizar todo cuanto les decía Al. Fue ella quien tomó la palabra: -Bueno, pues los grupos entonces quedarán de la siguiente manera: Yo, el juez...-varios golpes en el techo del remolque los hicieron sobresaltarse y ponerse en pie en el justo momento que Loco Jack saltaba adentro descolgándose por el hueco de la puerta. -¡¡Hay que ponerse en marcha, dos meteoritos van a chocar sobre nuestras cabezas!!-
Todos volvieron a sentarse fastidiados y a la vez aliviados por la intromisión de aquel demente. Todos salvo Al. Si bien sabía la locura que reinaba en la mente de aquel escuálido ser enrollado en papel de vater, también había aprendido a confiar en su intuición que es la que debía haberlo mantenido con vida durante tanto tiempo.
Loco Jack y Al saltaron del camión cerrando después las puertas traseras y corrieron hacia la parte delantera del camión, donde Leo asomaba de dentro del motor mirando hacia el cielo.

Sobre sus cabezas, dos enormes aviones de pasajeros volaban paralelas, practicamente una encima de otra. Ambas giraban sobre si mismas, batiendo sus alas como enormes aspas de ventiladores. Era dificil adivinar en que pensaban aquellos pilotos, pero solo había una cosa clara: como iba a acabar.
-¡¡TODOS AL CAMIÓN!!- gritó Al mientras arrastraba al Loco Jack con el y lo metía por la puerta del conductor, mientras que Leo subía por la del copiloto.
El sonido de la colisión entre los aviones fué devastados,hizo temblar el cielo y iluminó la noche con fuego. Ambos aviones al chocar se partieron en trozos, que eran como enormes bombas de racimo rellenas de blondis.
-Mierdamierdamierda- gritaba nervioso Leo mientras veía a Al intentar poner en marcha el camión.
-No arranca, mierda se debe haber agotado la batería, no entiendo que ha podido pasar- Dijo Al nerviosa hasta ver que había algo conectado al enchufe eléctrico del mechero. Era un cable. Siguió dicho cable y este le llevó a la consola portatil.-Es que el 3D consume mucho.- Sentenció el presidente mirando a los demás sin entender porque estaban tan estresados. Un enorme rotor cayó delante del camión haciendo temblar el suelo. Al arrancó el puto cable del enchufe y intentó poner el camión en marcha otra vez, esta vez el vehículo le respondió con un sonido lastimero pero sin encenderse.
-Joder -gritó Leo- arranca ya maldito trasto, esto no puede estar pasando, las cosas no nos pueden ir peor- dijo segundos antes de que Li saltara sobre el desde la parte trasera de la cabina y ambos atravesaran el parabrisas cayendo sobre el capó del motor, donde el enorme rotor que seguía girando a enorme velocidad por inercia empezó a absorberlos hacia sí.
Leo no sabía exactamente que pasaba, pero podía escuchar mientras se deslizaba hacia las enormes fauces del rotor, como bajo suyo el motor del camión intentando arrancar sin éxito a la vez que podía ver -cuando el pelo color oro de Li se lo permitía- como doscientas toneladas de metal y cientos de blondis se dirigían hacia ellos desde el cielo.

viernes, 15 de abril de 2011

ALTO AHI!!

Este Libro tiene sentido de lectura oriental. Por lo que el capítulo que hay bajo este es el ÚLTIMO de la primera temporada y no el primero, así que si no quieres AutoSpoilearte mejor vas al primero de todos los posts. Si empiezas por allí y llegas hasta este otra vez ¡¡es que tienes mucho estomago querido lector -o lectora-.
Avisad@s quedais!!