viernes, 15 de enero de 2010

CAPÍTULO 9

DOCE CADÁVERES
La puerta secreta daba a un largo y oscuro pasillo que se extendía en ambas direcciones. El corredor estaba lleno de escombros de obra, varillas metálicas oxidadas, trozos de escayola y sobretodo polvo, mucho polvo. Uno de los extremos desaparecía en la oscuridad, el otro en una ténue luz que iluminaba parcialmente el lugar, llenándolo de sombras.
Cuando Loco Jack se reincorporó tras cruzar arrastrándose por debajo de aquella pared dirigió su mirada hacia el extremo iluminado, intentando distinguir en la lejanía a su amada y a su captor. Ese fué su error.
El pasillo se iluminó doce veces, una por disparo. Cuando Loco Jacks cayó al suelo su bata tenía diez agujeros, esta lo tapó casi como una manta a un cadaver mientras su sangre empezaba a formar un charco en el súcio suelo. A su espalda el enfermero sonreía mientras la pistola de su mano aún humeaba. Se guardó el arma en el bolsillo mientras recogía del suelo a su presa. Minutos después abandonaba aquel pasillo internándose en la una amplia y bien iluminada estáncia circular.
En su centro había una piscina con un líquido denso de color carne en la cual se hundían decenas de cadenas que colgaban del alto techo, rodeandola había una veintena de esbirros vestidos de operarios de alcantarilla. Una pequeña pasarela oxidada la atrabesaba y allí mismo es donde el enfermero entregó el pedido a su jefe. Este era un anciano vestido con americana azul, llevaba un gorro y una mascarilla de cirujano que remarcaban unas enormes gafas de culo de baso que convertían sus ojos en algo similar a enormes faros. Se arrodilló con lentitud y observó a la mujer como quién estudia una rana acabada de diseccionar. Asintió para si mismo mientras empezaba a conectar a la joven a su maletín a través de una infinidad de tubos de todos los colores.
Minutos después Gina se hundía en aquella piscina atada a aquellas cadenas metálicas, solo los cables de colores sobresalían del asqueroso líquido de color carne. El anciano se frotaba las manos complacido, contemplado la piscina cuando un segundo cuerpo cayó en ella. Era su matón, con una barra de metal atrabesandole la garganta.
Al caer se enrolló en varias cadenas que hicieron contrapeso, haciendo sobresalir del apestoso líquido la cabeza de la joven que empezó a toser. La mirada de Gina, del anciano y de sus diez secuaces se dirigieron a la entrada de la habitación, donde Loco Jack se encontraba súcio y ensangrentado con una barra de hierro en cada mano. Sangraba por una herida en el hombro, otra en un costado y una tercera en un lado del cuello, su bata revoloteaba alrededor de su cuerpo desnudo llena de agujeros. Lo único bueno de ser un piltrafilla como era Loco Jack era que toda la ropa le venía gigantesca. Le dió al interruptor y todas las luces se apagaron.

Black Jackson vió caer a aquel cabrón traicionero dentro de aquel pozo del que sobresalían un centenar de tentáculos. Varios de ellos sujetaban a Afrodita, estaba claro que apenas le quedaba tiempo. Otro monstruo avismal que quería zamparse a su chica.
Observó al anciano de la túnica oscura, seguro que el había sido el causante de todo, aunque antes de llegar al puente donde se encontraba tendría que cargarse a sus siervos. Estos -estúpidos de ellos- empezaron a correr hacia él creyendo que estando herido podrían con el. Black Jackson apagó la luz -al ser negro veía en la oscuridad- mientras hacía crujir su cuello. Allí se iban a repartir hostias.
Aquellos encapuchados empezaron a disparar en la oscuridad iluminando a ráfagas la habitación. La mandíbula del primero de ellos desapareció bajo un puñetazo de Black Jakson, el sonido del puñetazo -que doblaba en decibelios al del disparo- atrajo a otros dos de aquellos sectarios satánicos. Jackson les apareció por la espalda sujetándoles las cabezas y haciendolas chocar entre sí con tanta fuerza que los sesos se le escurrieron entre los dedos y las astillas de sus cráneos le rebotaron en la cara como metralla.
Desarmó en un suspiro a su siguiente presa y le arrancó la cabeza de una patada, cogió por el aire su pistola y antes de que aquel decapitado cuerpo cayera en el suelo había llenado de plomo a sus compañeros adoradores de a saber que oscura deidad.
Empezó a correr hacia aquel pozo de oscuras aguas y a saltar de tentáculo en tentáculo hasta llegar al puente de madera. Aquel monje satánico había depositado a su amada en el suelo frente a sus pies, sobre su pecho desnudo se cernía el filo de un cuchillo ritual... parecía que aquel monstruo había considerado apto aquel sacrificio y ese malnacido iba a efectuarlo.
Atracesó como un rayo el puente y cuando iba a arrancarle el corazón a aquel desgraciado se encendieron las luces de la habitación. Durante unos segundos Black Jackson se quedó deslumbrado.
Cuando recuperó la visión encontró a sus pies el cuchillo ensangrentado y a Afrodita ante él. La sangre le manaba indecentemente del corazón y sus ojos estaban entreabiertos, le sonreía y con sus último aliento le susurró Te quiero.
Los herculeos brazos de Black Jackson temblaban mientras sostenía el cuerpo sin vida de su único amor, deseando que aquellos tentáculos que flotaban a su alrededor se lo llevaran a el y la devolvieran a ella. Gritó con tanta fuerza que la garganta a punto estuvo de estallarle cuando vomitó toda su alma por ella en aquel rugido animal.

Treintaicinco fué el número exacto de policías que entraron en aquel lugar donde encontraron a Loco Jack rodeado de doce cadaveres -uno de ellos flotando en aquel líquido asqueroso- a los que no dudaron que había matado él. No se resistió al arresto, de hecho tuvieron que sacarlo a rastras porque ni siquiera quería caminar. Solo repetía sin apenas voz, una y otra vez te mataré, te mataré... como si fuera un mantra que lo mantuviera con vida.
La joven repartidora asiática que los había llevado hasta allí observó muda como se lo llevaban, aunque tenía mucho que decir.

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